MADRID
Crónicas de Paganini

Talgo Bar, alta cocina de barrio sin cursiladas

En Alcalde Sáinz de Baranda está uno de esos restaurante que invita a sentirse en casa y en el que se come muy bien

Talgo Bar, alta cocina de barrio sin cursiladas
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Doctor Castelo, Lope de Rueda y Menorca son tres de las mejores calles para eso que llaman tapeo, aunque en la actualidad, en Madrid como en otros lugares de España, sea una actividad utópica, propia de tiempos mejores que se suelen empezar a rememorar con un patético "cuando yo era joven". Hoy es imposible arrancar con un milhojas de ventresca en La Castela (Doctor Castelo, 22), seguir con el rabo de toro en La Montería (Lope de Rueda, 35) y finiquitar con un marisco en O’Grelo (Menorca, 39). O con una de esas carnacas con patatas que dominan.

La imposibilidad de comer (o cenar) sin reserva, de aguantar en una barra en la que no puedes ni moverte sin codazos; en resumen, de improvisar... convierte el tapeo en una actividad regulada, solo al alcance de turistas con su plan ya estipulado y pagado, de brida y con poco margen de maniobra para el local y sus parroquianos.

No conocía yo El Talgo Bar en Alcalde Sainz de Baranda, 21, pero me llevó Charo a probar la ensaladilla (ya saben la investigación que estoy llevando a cabo) y me quedé muy sorprendida por el lugar y, sobre todo, por lo bien que se come. Sin rollos, sin fotos, sin pretensiones, aunque el local, fundado por sus dueños en 2018, tenga mucho rollo y sea cómodo.

La ensaladilla estaba estupenda, aunque ya, saturada por la sacrificada indagación, solo toleré una media ración, que también se permite en otros platos, como los chicharrones chiclaneros, convertidos en un lugar común en muchos bares de la capital.

Por recomendación de la que supuse la dueña, tomamos unas alcachofas (estamos en temporada) a la plancha; una de ellas con papada Joselito, que también cubre los huevos fritos (de corral, claro) con patatas. La verdad es que la veladura papa(da)l es delicada como el encaje de una novia y aporta un extraño misterio gozoso a un plato que no suele tener fallo. (Ya saben lo que dice Arcadi en su podcast: cuando el cerdo quiere ser jamón...). También tomamos unos cangrejos de caparazón blando, que solo se comen en esta época. Como el bacalao, que estaba fino pero contundente.

Solo pedimos dos copas de vino blanco por persona, porque me estoy reservando para El Rocío. Si no hubiera tenido que entrar en los trajes de mi madre, habrían caído más platos, porque todo lo que tomamos estaba buenísimo. Aunque lo mejor, sin duda, la sensación que transmite el local. Me costó unos 80 euros porque me tocaba invitar.